“Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí resucitando…” Como la cigarra, María Elena Walsh
El día 21 de Enero el presidente de la Nación se dirigió a su audiencia en Davos abriendo su –engorrosa e inarticulada- exposición afirmando lo siguiente: “Buenas tardes a todos: Estoy aquí, frente a ustedes, para decirles -de modo categórico- que Maquiavelo ha muerto. Durante años se nos deformó el pensamiento presentándonos un falso dilema al diseñar políticas públicas, donde se debía optar entre la eficiencia política en contraposición al respeto de los valores éticos y morales de Occidente”.
El texto leído por el presidente asumió un tono pretendidamente académico, con abundantes referencias autorales y con una fuerte carga normativa -justicia, libertad-. Este breve ensayo se inscribe en aquel registro academicista y propone una reflexión crítica sobre una de sus afirmaciones más provocativas: ¿por qué matar a uno de los pensadores más extraordinarios e influyentes de la modernidad política?
En el terreno de las ideas, declarar a alguien muerto equivale a desactivarlo. Un pensador vivo interpela, incomoda, obliga a tomar posición; un pensador muerto, en cambio, puede ser reducido a una consigna o a un estereotipo. Matar a alguien sería un gesto de clausura, una forma de anunciar que ciertas preguntas ya no merecen ser formuladas. Es una operación frecuente en la política contemporánea: antes que discutir un pensamiento, se lo simplifica, se lo caricaturiza y, finalmente, se lo entierra.
Pero, simultáneamente que se mata a algo o a alguien, ese espacio no queda vacío, sino que viene a ser es ocupado por otro. En este caso la política nunca es inocente.
Cuando el presidente formuló aquella afirmación, apeló a una frase de impacto asociada a uno de los más antiguos clichés en torno al pensador florentino: aquel según el cual estaríamos ante un autor sin escrúpulos, dedicado a ofrecer consejos cínicos a los gobernantes, para quienes el ejercicio del poder justificaría no escatimar ningún recurso en aras de la consecución de sus objetivos. De esta forma, el presidente se hizo eco de una leyenda negra del autor, aquella que se vincula con la idea según la cual “el fin justifica los medios”, que, por otro lado, nunca fue pronunciada.
Como Sísifo: explicando a Maquiavelo…otra vez
Para quienes estamos vinculados con la enseñanza de las Ciencias Sociales y Humanas, la gran tarea pedagógica en torno a ciertos autores consiste, muchas veces, en volver a explicar una y otra vez lo mismo. Es una tarea incansable, similar al castigo de Sísifo: empujar una piedra que inevitablemente vuelve a caer. En el caso de Maquiavelo, esa repetición no responde a la oscuridad de su pensamiento, sino a la persistencia de lecturas que buscan clausurarlo reduciéndolo a un estereotipo cómodo.
Recibida la provocación, volvemos a esa tarea tantos años emprendidas.
A más de cinco siglos de su redacción, El Príncipe (1513) sigue siendo una obra imprescindible para pensar la política. No porque ofrezca recetas aplicables sin mediaciones, sino porque permite comprender transformaciones profundas que siguen siendo útiles para pensar el ejercicio del poder real, fuera de utopías improductivas.
A continuación, se proponen tres razones por las cuales el pensamiento de Nicolás Maquiavelo no debería ser sepultado ni clausurado, tal como lo declaró el presidente.
1-Fue uno de los primeros en advertir y analizar el pasaje del mundo clásico y medieval hacia la modernidad política. Con ello quedaba atrás una concepción del poder asentada en un orden rígido, jerárquico y socialmente estamental, donde el lugar de nacimiento determinaba el destino de cada individuo. En ese mundo, el poder se legitimaba en Dios, fuente última de la soberanía, y los hombres ocupaban un lugar subordinado dentro de un orden considerado eterno e inmutable.
Lo que observa el pensador florentino es el surgimiento de un orden diferente. El poder deja de concebirse como una derivación directa del cielo y pasa a entenderse como una construcción terrenal. La obediencia ya no es automática ni garantizada por la voluntad divina, sino el resultado de relaciones humanas concretas, atravesadas por el conflicto, el consentimiento y la fuerza.
Dejar atrás a Maquiavelo implicaría renunciar a una de las claves más lúcidas para comprender que el poder no desciende del cielo, sino que su legitimidad se debe construir en un mundo de hombres reales, atravesado por tensiones, intereses y conflictos. Desconocer eso es fracasar en la política.
2-En continuidad con lo anterior, son habituales las referencias a la violencia presente en su obra, las que incluyen engaños, muertes, conspiraciones, y otras formas de ejercicio del poder que pueden resultar escandalosas para lectores poco atentos, cuando no para aquellos que solo reciben comentarios de asesores. Estas escenas están en la base de aquellas lecturas que afirman que Maquiavelo justificaría cualquier acción con tal de alcanzar un objetivo.
Para refutar esta interpretación bastaría con leer su obra. Entre los numerosos episodios que narra, se encuentra el célebre capítulo VIII de El Príncipe (“De los que llegaron al principado mediante crímenes”), donde relata el caso del siciliano Agátocles, rey de Siracusa. A través de su arrojo, su falta de escrúpulos y su vigor, Agátocles logra ascender al poder hasta convertirse en gobernante. Es decir, alcanza su objetivo por medio de la violencia.
Sin embargo, lejos de celebrar ese recorrido, Maquiavelo introduce una crítica explícita. En el texto afirma lo siguiente: “Verdad que no se puede llamar virtud el matar a los conciudadanos, traicionar a los amigos y carecer de fe, de piedad y de religión, con cuyos medios se puede obtener poder, pero no gloria”.
Lo que Maquiavelo explicita en este punto es una distinción fundamental: no todo poder es equivalente. Existe un poder que otorga gloria, virtud y permanencia, y es ese el que un buen gobernante debería aspirar a construir. El otro, basado exclusivamente en la violencia, produce apenas una fama efímera.
Para un autor al que se acusa de indiferencia moral, no es una distinción menor.
Dicho esto, reducir a Maquiavelo a esas escenas es perder de vista el sentido mismo de su obra. La presencia de la violencia no cumple en su obra una función justificatoria, sino analítica: describe las condiciones reales en las que se ejerce el poder.
Lejos de promover el cinismo político, su pensamiento obliga a mirar de frente aquello que toda política tiende a ocultar.
Prescindir de Maquiavelo implicaría correr el riesgo de refugiarse en un idealismo cómodo, incapaz de dar cuenta de cómo opera efectivamente el poder. Clausurarlo no vuelve a la política más moral, sino más ciega, con menor capacidad para reconocer sus tensiones y, por lo tanto, menos preparada para enfrentarlas. La política no se ejerce en un terreno de normalidad permanente, sino en los bordes de la excepcionalidad. Gobernar supone, en determinados momentos, actuar sin candidez, tomar decisiones difíciles y riesgosas para preservar la estabilidad de la república y la seguridad de la ciudadanía. Evitar esas decisiones en nombre de una moral abstracta no siempre protege a la sociedad; en ocasiones, la expone a males mayores. Porque no se trata simplemente de elegir entre el bien y el mal, sino entre sistemas de valores igualmente legítimos pero mutuamente excluyentes, y esto constituye el núcleo de una experiencia trágica de lo político. Comprender esta dimensión [trágica] de la política es uno de los aportes centrales de Maquiavelo y una de las razones por las cuales su pensamiento sigue siendo indispensable.
3- Por último, cabe un breve deslizamiento hacia la otra gran obra de Maquiavelo: Los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, menos citada por los divulgadores parciales del florentino, pero largamente trabajada por quienes quieren conocerlo en toda su complejidad.
Allí no encontramos al consejero de príncipes, sino al pensador de la república entendida en su faz agonal. Precisamente, la república leída por el florentino, incorpora positivamente el elemento de la disidencia y el conflicto, la instancia de lo político como base instituyente de la sociedad.
De forma desafiante nos propone al conflicto entre sectores sociales como el elemento que permitirá una vida libre y común. Esta idea de libertad republicana –llamada libertad como no-dominación- contrasta con la noción liberal clásica, la que domina la escena, la que sostiene a la libertad principalmente como ausencia de interferencias. Por eso para el liberalismo el Estado es un mal a evitar, porque le pone límites a nuestros apetitos por maximizar los beneficios y eso es coartar nuestras elecciones.
En cambio, para el republicanismo que defiende Maquiavelo, la libertad solo es posible cuando nadie depende arbitrariamente de la voluntad de otro, cuando ningún poder –local o extranjero- puede impedir que sean los hombres reunidos quienes deciden libremente el destino de su propia comunidad.
Para un republicano como Maquiavelo, la dominación es el mal a evitar. Una sociedad es libre no cuando cada cual hace lo que quiere, sino cuando ninguno está obligado a acomodar su conducta al capricho de otro. Por eso, lejos de ser un obstáculo, la ley se convierte en la condición misma de la libertad, la garantiza y la posibilita.
No estaría de más que los asesores del presidente -e incluso a la feligresía mileísta que se apoya con entusiasmo en los símbolos de la Roma republicana-, que se acerquen a esta obra. Encontrarán allí una concepción de la libertad menos ingenua, más exigente, mas fraternal y mejor preparada para pensar un mundo atravesado por profundas desigualdades sociales, donde la ausencia de límites no garantiza autonomía, sino que crea nuevas formas de subordinación.
En definitiva, Maquiavelo no es un pensador del orden ni de la previsibilidad, sino de la apertura. Su pensamiento reconoce que el conflicto es inherente a lo político y que no existe una racionalidad superior o una dirección histórica que garantice un cierre de esas tensiones. No hay armonía futura ni síntesis superadora, la política, en su núcleo más profundo, está hecha de luchas sin resolución final, de decisiones que deben tomarse aun sabiendo que nada asegura su eficacia.
Por suerte somos muchos los que insistimos en mantener viva la lectura de Maquiavelo, no para buscar fórmulas ocultas sobre cómo gobernar, o para conocer los secretos de la política, sino para que el poder, una y otra vez, continúe siendo inquietado por su presencia fantasmal que resiste ser eliminada.