«El alma de una Nación aparece cuando nadie quiere salvarse solo»: Homilía de Mons. Jorge Eduardo Scheinig en el Te Deum del 25 de Mayo

Compartimos la homilía de nuestro Padre Obispo, +Jorge Eduardo Scheinig, Arzobispo de Mercedes-Luján, en ocasión del Te Deum del 25 de Mayo, celebrado en la Catedral Basílica Nuestra Señora de las Mercedes.

La Patria necesita recuperar su alma. Nos hemos reunido en esta fecha tan importante de la Patria para dar gracias a Dios por la Nación que somos. Es muy importante ser agradecidos y muy especialmente en
tiempos difíciles, ya que es la manera de estar un paso adelante en la historia. Por el contrario, ser desagradecidos, sin reconocer todo lo que somos, todo lo valioso que es nuestro país, nos pone un paso para atrás, porque esa actitud, puede ir convirtiéndonos en un pueblo desalmado y es urgente recuperar nuestra alma.

La Palabra de Dios que acabamos de escuchar es la que proclamamos ayer en la celebración de la venida del Espíritu Santo a la Iglesia y al mundo. Me pareció oportuno traerla nuevamente hoy porque puede ayudarnos en la búsqueda del alma de la Patria.

Dice San Juan Evangelista que los discípulos estaban “encerrados por miedo”. Las puertas estaban cerradas. El miedo los había aislado los unos de los otros. El miedo les había robado el horizonte, los había dejado quietos, paralizados, desconfiando de todo y de todos. Y entonces Jesús se pone en medio de ellos. No entra golpeando la puerta. No entra reprochando. No entra condenando. Se pone en medio y les dice: “La Paz esté con ustedes”.

Qué necesidad tiene nuestra Patria de escuchar nuevamente esa palabra: Paz.

Esa Paz que Jesús nos da, es Dios mismo. Porque si Él no está, falta el aliento vital, el Principio de la vida, el aglutinante de todo, el sentido primero y último de todas las cosas. Dios es el alma del pueblo que al darle vida a todos, se mete en la historia.

Queridas hermanas y hermanos, cuando hablamos del alma de un pueblo, no hablamos de algo abstracto o lejano. Hablamos de aquello más profundo que sostiene la vida de una Nación. Se trata de lo que le da identidad, memoria, sensibilidad y hace que la comunidad se vuelva esperanzada. El alma de la Argentina no está solamente en sus instituciones, ni en su economía, ni en sus éxitos o fracasos históricos. El alma de nuestra Patria vive, sobre todo, en su pueblo.

Vive en la mujer sencilla que cada mañana vuelve a empezar. Vive en el trabajador que sigue luchando aun cuando todo parece difícil. Vive en los ancianos y abuelas y abuelos que sostuvieron generaciones enteras con sacrificio silencioso. Vive en los jóvenes que todavía sueñan un país mejor. Vive en la solidaridad espontánea de nuestra gente cuando alguien sufre. Vive en la mesa compartida, en el mate ofrecido, en el abrazo dado aun en medio del dolor. Vive en los pobres y en su paciencia histórica.

Cuando una sociedad pierde la capacidad de reconocerse como pueblo comienza lentamente a perder el alma. Por eso, pienso que el alma de la Argentina se recupera en el encuentro, en la cercanía y en la compasión. Nuestro pueblo, aun con todas sus  heridas y contradicciones, conserva una enorme capacidad de cuidar al otro. Y eso es sagrado, el cuidado concreto del otro es sagrado y allí se encuentra el alma.
El alma de una Nación aparece cuando nadie quiere salvarse solo. Cuando el sufrimiento ajeno no nos resulta indiferente. Cuando todavía somos capaces de emocionarnos frente al dolor de una familia que perdió todo, frente a un jubilado olvidado o frente a un niño que necesita oportunidades.

Ciertamente, el alma de la Argentina también está profundamente marcada por la fe de su pueblo. Está en las peregrinaciones a nuestra Madre de Luján. Está en la devoción sencilla de nuestras madres y abuelas. Está en el pueblo que reza aun en las crisis. Está en quienes siguen creyendo que Dios camina con nosotros en medio de la historia. Estoy convencido que la fe de nuestro pueblo no es solamente una tradición religiosa, es una forma de resistencia espiritual frente al desaliento.

Pero cuidado, el alma de la Patria puede enfermarse…Y se enferma cuando crece el odio. Se enferma cuando la descalificación reemplaza al diálogo. Cuando los pobres se vuelven invisibles. Se enferma cuando los jóvenes  pierden la esperanza. Cuando la política deja de servir y se transforma solamente en disputa de poder. Se enferma cuando la economía olvida que detrás de cada número hay personas concretas.

Y quizá el peligro y la amenaza más grande sea acostumbrarnos. Acostumbrarnos al sufrimiento, a vivir enfrentados, a que cada uno piense únicamente en sí mismo.

Por eso entiendo que la Argentina necesita hoy, mucho más que soluciones técnicas o económicas, aunque ciertamente las necesita, esta exigida a reencontrarse consigo misma. Necesita recuperar el valor de la fraternidad, de la honestidad, del trabajo digno, del respeto mutuo y del bien común. Necesita volver a creer que nadie se realiza solo y que una Nación solamente crece de verdad cuando crecen todos.

El alma de la Argentina no se recuperará desde el individualismo ni desde el desprecio mutuo. El alma de la Argentina se recuperará cuando volvamos a mirarnos como hermanos. Por eso es fundamental sentir en el corazón esa presencia viva de Jesús Resucitado que cuando se presenta en medio de los discípulos encerrados y con miedo y les dice: “La Paz esté con ustedes”. Y esa Paz se hace verdadera cuando hay justicia, cultura del encuentro y respeto por toda dignidad humana. Una Paz vivida así, es el camino para sanar el alma de la Patria.

Necesitamos pedirle al Espíritu Santo que vuelva a soplar sobre la Argentina. Que cure nuestros enfrentamientos. Que nos saque de los encierros. Que nos devuelva humanidad. Que nos ayude a construir una Nación moderna, sí, pero también profundamente humana; una Patria que avance sin perder el alma. Mucho nos ayudan a nuestro propósito las primeras enseñanzas del Papa León XIV expresadas en su encíclica “Magnifica Humanitas”, que hoy está haciendo pública. Dedicada a “custodiar la dignidad de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”. El Papa desea dar una palabra sobre los  grandes desafíos antropológicos, éticos y sociales planteados por la Inteligencia Artificial, como son: la automatización del trabajo, la vigilancia masiva, la manipulación de la información, la deshumanización de las relaciones y el uso militar de tecnologías autónomas.

Nos advierte que el progreso nunca puede hacernos perder el rostro humano. Una sociedad puede crecer en tecnología y, al mismo tiempo, empobrecerse en humanidad. Podemos estar hiperconectados y, sin embargo, profundamente solos. Podemos producir más y compartir menos. Podemos desarrollar máquinas cada vez más inteligentes y olvidar el corazón de las personas concretas. Por eso León XIV insiste en algo profundamente evangélico: ninguna innovación vale si degrada la dignidad humana, si descarta trabajadores, si convierte a las personas en números o si debilita los vínculos sociales.

Jesús resucitado nos decía el Evangelio, no envía a sus discípulos a dominar el mundo, los envía a sanar el mundo. No les da poder para imponerse, sino el Espíritu para servir, reconciliar y devolver esperanza a cada persona y a todo el pueblo. Tal vez, una de las preguntas más importantes hoy para nuestra Patria sea: ¿qué lugar ocupa la persona humana en medio de tantos cambios económicos, tecnológicos y
culturales? Si no cuidamos a las personas, perdemos el alma. Porque cuando el trabajo pierde dignidad, cuando los jóvenes sienten que sobran, cuando los ancianos son considerados una carga, cuando los pobres quedan invisibilizados, entonces algo esencial del alma de la Nación comienza a romperse.

León XIV retoma la gran tradición social de la Iglesia iniciada por León XIII con “Rerum Novarum”, (“De las Cosas Nuevas”), y nos recuerda que la economía sirve al hombre, nunca el hombre a la economía. Y eso vale también para la inteligencia artificial, para la política, para las finanzas y para toda forma de poder. La persona es la que debe estar en el centro de la vida de una Nación.

La Patria será verdaderamente grande no cuando avance solamente en eficiencia, sino cuando avance en humanidad. Cuando nadie quede descartado. Cuando el progreso llegue también a la mesa del pobre, al aula del estudiante, al hospital, al barrio olvidado y al corazón herido de tantos argentinos.

Les propongo que también recemos hoy por la Patria Grande y muy especialmente, por el pueblo de Bolivia y por todas las naciones hermanas de América Latina y del Caribe. El sueño de nuestros proceres debería seguir vivo: un Continente libre, fraterno y en paz.

Por último, Pentecostés es el Espíritu de Dios re-creando a toda la humanidad. Pidámosle a ese Espíritu del Señor que nos conceda la gracia de construir una Argentina profundamente humana; una Patria capaz de crecer sin perder el alma; una Nación donde la tecnología nunca silencie la compasión, ni los posibles logros nos hagan olvidar a los más frágiles. Que Dios nos ayude a encontrarnos los unos con los otros pero de verdad, para construir juntos una Patria de hermanos.

Que María, Nuestra Señora de Luján y de las Mercedes, Madre de este pueblo, nos acompañe para nunca perder la esperanza. ¡Que nada ni nadie nos robe el alma del pueblo!