50 años masacre palotinos 1976-2026: «En 1976 el agobio era el miedo, la persecución, el silencio impuesto. Los palotinos estaban agobiados, sí, pero no por el desánimo, sino por el peso del dolor de su gente, y entonces, eligieron no mirar para otro lado; decidieron cargar con las aflicciones de una Argentina que se desangraba.
En la tarde noche del sábado 4 de julio pasado en la parroquia San Patricio del Barrio de Belgrano en Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se ofició una misa con motivo del cincuentenario del assinato de los curas y seminaristas palotinos que esa madrugaba descansaban en la casa parroquial. La celebración fue presidida por el Arzobispo de Buenos Aires Monseñor Jorge Ignacio Garcia Cuerva y esta es la transcripción de la homilia pronunciada ante una multitud de fieles que colmaron el lugar físico ubicado en las calles Echeverría y Estomba.-
En medio del desorden reinante en su habitación después del crimen, se encontró la última homilía del padre Pedro Dufau escrita para la misa de la mañana de aquel trágico 4 de julio de 1976. Allí decía: Si Dios permanentemente habla en la historia de los pueblos y de cada hombre, no es menos cierto que todos sabemos encontrar la forma de no escucharlo. Y en este aniversario que nos estruja el alma, la liturgia, que nunca es casual, nos regala estas palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré». (Mt 11, 28). Y las queremos escuchar, y las queremos reflexionar, y las queremos rezar, y las queremos vivir.
En 1976 el agobio era el miedo, la persecución, el silencio impuesto. Los palotinos estaban agobiados, sí, pero no por el desánimo, sino por el peso del dolor de su gente, y entonces, eligieron no mirar para otro lado; decidieron cargar con las aflicciones de una Argentina que se desangraba.
Su «delito» fue pregonar el Evangelio a destiempo, defender la vida y la dignidad humana. La alfombra roja manchada de sangre nos recuerda el costo de esa fidelidad. Cinco vidas, tres sacerdotes y dos seminaristas, que esa noche de julio vieron “interrumpida” su entrega por el odio y la violencia ciega. Y no fue la muerte de individuos aislados; fue el testimonio de una comunidad, de una fraternidad que incomodó al poder de turno porque vivía el Evangelio sin anestesia.
Siempre recordaremos las palabras del entonces cardenal Bergoglio: “juntos vivieron y juntos murieron”.
Medio siglo de una herida que sigue doliendo en el cuerpo de nuestra Iglesia y en el corazón del barrio de Belgrano. No queremos hacer un frío ejercicio de memoria histórica, sino hacer memoria viva, porque cincuenta años después, el agobio a veces se disfraza de impunidad, de olvido, o de una sociedad que parece haber perdido la capacidad de conmoverse ante el sufrimiento del otro. Justamente el Papa León XIV dice: en un mundo donde los pobres son cada vez más numerosos, paradójicamente, también vemos crecer algunas élites de ricos, que viven en una burbuja muy confortable y lujosa, casi en otro mundo respecto a la gente común. Eso significa que todavía persiste, a veces bien enmascarada, una cultura que descarta a los demás sin advertirlo siquiera y tolera con indiferencia que millones de personas mueran de hambre o sobrevivan en condiciones indignas del ser humano.
Luego, Jesús en el evangelio nos dice: Y yo los aliviaré (Mt 11, 28). Los cinco palotinos entendieron que el verdadero alivio no era la indiferencia de quien se encierra a ver la realidad por los medios de comunicación; porque el alivio que promete Jesús se experimenta cuando, aún cansados, entregamos la vida por una causa más grande que nosotros mismos.
Alfredo Leaden, Pedro Duffau, Alfredo Kelly, Salvador Barbeito y Emilio Barletti encontraron su alivio en los brazos del Padre, siendo testigos de la paz y la justicia, coherentes en la entrega hasta el final.
Y nosotros, ¿dónde buscamos el alivio?, ¿dónde buscamos alivio a nuestros propios agobios? ¿acaso en la grieta que nos separa, juntándonos sólo con quienes nos confirman en lo que creemos y nos aseguran en nuestras ideas? o tal vez, ¿en el individualismo que nos aísla y nos serena artificialmente frente al clamor de los que sufren?
La sangre de los cinco testigos de la fe nos grita que el único alivio fecundo nace de la reconciliación fundada en la verdad y la justicia. No hay descanso para una sociedad si no sana las heridas del pasado con la mirada de Dios. No nos podemos quedar de brazos cruzados llorando el pasado. Que el dolor se transforme en profecía porque su testimonio muestra que el bien no progresa de manera automática, sino que requiere perseverancia, memoria y una conversión que hace capaces de recomenzar incluso después de las derrotas.
Y en la primera lectura de la misa de hoy, Dios, a través del profeta Zacarías, nos vuelve a hablar y nos anuncia: ¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno. (Zac 9, 9) ¡Qué paradoja! En un mundo obsesionado con la guerra, con el poder del más fuerte, con imponer las ideas a través del miedo y las armas, Dios nos presenta a un Rey desarmado.
El versículo 10 es tajante: Él suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; el arco de guerra será quebrado, y proclamará la paz a las naciones. (Zac 9, 10).
Los padres Alfredo, Pedro, Alfi, y los jóvenes seminaristas Salvador y Emilio, entendieron perfectamente esta profecía; no creían en el mesianismo de las armas, de la violencia o de la opresión. Ellos creían en el Rey que se presenta humilde. Su única arma fue el Evangelio; su trinchera fue la parroquia, el barrio, el confesionario, el altar y la cercanía con los más pobres.
Y vuelvo sobre la última homilía del padre Dufau, aquella que nunca se dijo, pero que hoy resuena entre nosotros; hacia el final dice: “No seamos sordos a la Palabra de Dios. No imitemos la conducta de aquellos a los que les agrada escuchar una palabra que se amolde a su modo de pensar y a su forma de ser, una palabra que no los comprometa para nada. La Palabra que hoy escuchamos nos compromete, nos interpela, nos ilumina; también nuestro agobio quiere ser el de nuestro pueblo, el agobio de la falta de trabajo, la aflicción de la pobreza, el dolor de los enfermos, la soledad de nuestros abuelos,
el sufrimiento de quienes están a la intemperie en las calles de la ciudad; no queremos ser indiferentes, no queremos que nos gane la crueldad y el individualismo.
Como estos cinco testigos de la fe, a quienes hoy recordamos, queremos comprometernos en la construcción de un país más justo y más fraterno. Y como nos dice la primera lectura, lo queremos hacer por los caminos de la paz y la no
violencia; siguiendo los pasos de Cristo, anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios, porque como dijo el querido y recordado Papa Francisco: la Iglesia necesita que todos seamos profetas, es decir, hombres de esperanza, siempre
directos, capaces de decir al pueblo palabras fuertes cuando hay que decirlas y de llorar juntos si es necesario.
Hoy lloramos juntos, pero como la sangre derramada hace cincuenta años, nuestras lágrimas quieren ser fecundas, y regar el suelo de una Nación que sigue clamando justicia.
Monseñor Jorge Ignacio García Cuerva. Arzobispo de Buenos Aires. 4 de julio 2026.-
